Ansiando Verano

ImagenLeía. Lo confieso.
Precoz, glotona, impulsiva, compulsiva, independiente, instintiva… leía.
Y dejé de hacerlo un día que sentí que VIVIR era más urgente.
Impaciente, ávida, como mariposa con poco tiempo, no encontraba la calma para otros sentimientos que no fueran los que yo experimentaba.
De aquella primera época recuerdo a Antonio Muñoz Molina. Era raro que en los 80-90 yo leyera algo contemporáneo. Tenía poco tiempo, tenía que ir sobre seguro. Los maestros, por puro instinto, me atraían más.
Recuerdo que fue en el pisito de la Calle Iriarte, en la habitación del papel pintado de campo dorado y minúsculas flores que daba a los laureles de la Plaza Militar. Lourdes me contaba sus últimas desventuras y yo, mucho más chica, intentaba convencerla de que aquello no era más que una oportunidad para tantas puertas cómo tenía (teníamos) abiertas. Tan osada como optimista…
Entre el té y las risas que finalmente florecieron, salió su nombre. Yo había oído algo en la radio que me había llamado la atención del joven escritor, lo tenía guardado en algún lugar de la memoria con chinchetas… y ella decidió que era una buena inversión y manera de comenzar aquella nueva (la número 318) etapa.

Lo compró y después de leerlo, me lo prestó.
Desde entonces tengo en mi Libro de Viajes por hacer, una marca en Donosti, y otra en Lisboa.

No lo volví a buscar. Y hasta miedo me da. Después caerían El Jinete Polaco, Beltenebros, Plenilunio, … y hasta ahí.
Creí firmemente que él pasaría a ser uno de los autores que alguien como yo, algunas décadas después, buscaría en la Cuesta Moyano, como yo buscaba a Flaubert o a Maupassant… ¡¡¡atrevida es la poca edad!!!

Ayer escuché su nombre en todas las noticias. Vi que casi no podía reconocerlo en su aspecto de señor mayor de hoy. Y en un reencuentro con cosas que un día me hicieron paladear la vida calma, lo busqué. Y lo encontré. Y ahora el principio de un verano en Nueva York es otro de los marcadores que, casi seguramente, no me voy a engañar, olvidaré.

Para la ocasión, y como desde la última fiesta en el cuarto verde, se abrían unas rosas rojas en el comedor, cociné unos rápidos espaguetti del mismo color. Intensos, muy intensos, cremosos, sabrosos tomates me envolvían la boca mientras le volvía a leer…
La música sonaba.
Las ventanas estaban abiertas.
Las ranas no paraban (no lo han hecho ni un día desde…).
El vino era oscuro y levemente dulzón…Imagen

“Aire de verano
may 21 2013

Hay un cambio sutil en la atmósfera y de pronto es verano. La sensación del verano en Nueva York es olfativa y táctil: el vapor de agua vuelve el aire tangible, le da una pátina de humedad al verde de la hierba y de las hojas de los árboles. Y hay un olor peculiar que es otro de los indicios del verano y que ayer no se percibía, una suma de olores que se hará más densa según pasen los días: olor a tierra mojada, olor a savia, olor dulzón a basura que empieza a descomponerse, olor a neumáticos recalentados. Dentro de poco, quizás mañana mismo, o la semana que viene, después de la gran divisoria de Memorial Day, hará ya un calor de jungla y de trópico, de manglar indonesio. de tormenta monzónica. Pero hoy, todavía, esta mañana, el verano es una bienvenida, un tacto sensual del aire en la piel cuando se sale a la calle y se dilatan las aletas de la nariz, una bruma ligera que se vuelve opaca en la lejanía recta de las avenidas.”

Antonio Muñoz Molina, en Escrito en un Instante.”

Casi verano (Caraotas agridulces)

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Acabo de mirar el calendario, ¡¡21 de junio ya!!

Casi día de S. Juan, casi día de S. Pedro, casi verano.

Miro por la ventana y el sol tiñe de dorado el mar y de negro la única nube blanca que lo tapa, más allá del almendrero, un camino… Me levanto temprano. Desayuno tranquila y te cuento que me gustan las tostadas de pan negro, mantequilla salada y mermelada de cerezas oscuras y ácidas,  y esta marca de leche de soja tibia y sola. Te cuento que el tiempo pasa, que casi está aquí el día de tu cumpleaños, y ese aniversario que se quedó grabado para siempre en mi historia (casi paralelo a otro que quedó desde mucho antes en la tuya). ¿No sabes de qué te hablo, verdad?. No importa. Mi memoria por ahora llega para los dos. Te cuento que llevo días probando a ser mi nuevo yo, que no cocino, que como pero sin poder concretar qué.  Te cuento que ayer, de repente, llegó el calor. Me sorprendió mientras miraba en santa cruz las muecas de las estatuas del atrio del ayuntamiento y escuchaba al grupo de viento que tocaba en la calle. Creo que justo en aquel lugar, hubieras mirado la misma expresión de pétreo terror, aquel cruce de líneas de los tejados, quizá el perfil de alguien que huyera de tu cámara.

Casi verano, casi día de S. Pedro, casi día de S. Juan… y yo con estos pelos, sin haber arreglado la huerta ni limpiado el camino. Con tantas vivencias acumuladas estos meses de frío que, definitivamente y en parte, no soy la misma de un año atrás. Pero hay cosas que cambian y otras que se mantienen. Te cuento, por último, que ésta que es hoy, un poco diferente a la de ayer, sigue pensando que merece la pena dar bocados a la vida, tomar lo que te pone delante, no despreciar ni desaprovechar. Esta que es tan distinta (?) a la que tú conociste, sigue diciendo que merece la pena, siempre merece la pena, la balanza sigue inclinándose al lado positivo. Te cuento que no espero que llegue septiembre, porque me queda tantísimo por apurar este estío que sería un pecado renunciar desde ahora a él. Te cuento también que sin embargo lo espero. 

Con la confianza que al recibo de la presente te encuentres bien, me despido con un cálido y afectuoso abrazo.

La Adormidera que siempre es. 

… la que siempre es pensaba subir hoy alguna cosa que quedara en la recámara… bocata? tortilla? comida exótica? ensalada? Algo colorista y agradable a la vista de este casi verano festivo. Pero he recordado un chasco que un invitado a la isla se llevó el año pasado en una excursión por la ciudad, cuando pretendimos tomarnos en una terraza de la Avenida Marítima un Pabellón Criollo, típico plato de la cocina venezolana, bastante conocido y popular también por aquí. Tanto el plato completo como sus componentes por separado me gustan. Y si bien la carne mechada sólo la suelo hacer en ocasiones especiales, reuniones o fiestas, las caraotas con el arroz blanco ya son más habituales. Esta manera de hacerlas es el refrito de distintas recetas y costumbres, unas propias y otras adoptadas – El resultado es una guiso agridulce delicioso, potente, al que no le viene mal el plátano, el huevo frito o la carne, pero que por sí solo ya merece un lugar especial en el recetario.

Muchas veces antes dije que a veces cocino o perfecciono por si… Pues por si … va esta receta.

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Las judías negras remojadas desde la noche anterior, se ponen a guisar en agua que las cubra escasamente, con una cebolla entera y un par de clavos de olor pinchados en ella. Pasada una hora, se le añade comino molido, pimentón, una rama de orégano y chorretón de oliva y continuar cocinando, añadiendo agua fría cuando  se van quedando secas. Cuando ya estén casi a punto, espolvorearlas con azúcar, sal, chorreoncito de vinagre y otro de salsa de soja. Dejar que se integren los sabores, rectificar de sal  si fuera necesario y a comer o a esperarte si decides apuntarte.

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Aprovecho para saludar a todos los que siguen entrando por aquí pese a mis silencios. Alguien me dijo que estoy perezosa, y sí, es posible que sí. También han cambiado algunas circunstancias de mi vida. Ahora tengo menos tiempo, pero no renuncio a recuperar la calma en cualquier momento, amenazo. Por ahora, quiero explotar todo lo que pueda esta nueva oportunidad que se me brinda. Abrazos cargados de energía para todos.

Dulce, amargo, picante, ácido (Revuelto de berrros con arroz y salsa de fresas)

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 Como la vida,  los sabores unas veces nos zarandean y otras nos dejan relajados, armoniosos o incluso impasibles, en ocasiones provoca un despertar sensual y volcánico, y otros la más total indiferencia, sólo hay que estar atentos al acto, despiertos, para poder hacerlo consciente.

No sé cómo se habrán inventado las distintas combinaciones a lo largo de los tiempos. Quién decidió la primera vez que al tomate le va la albahaca, el tomillo o el orégano; quién combinó el bacalao con las espinacas o el conejo con las almendras; quién acertó al mezclar los huevos con las papas y la cebolla; o la salsa de soja con casi todo.

En mi caso, seguro llevaré en la memoria de mis genes sabores ya asumidos por generaciones y generaciones. Otros adoptados e incorporados a la memoria inmediata de una manera intelectual. Y otros tantos que vienen de la intuición o el atrevimiento de los pocos años (jejejeje). 

Podría también añadir que muchos se habrán “inventado” fortuitamente y sólo respondiendo a la necesidad. Como yo ayer tenía necesidad de dar salida a unas fresas que compré de oferta y que peligraban; unos berros que se estropean tan rápido; y un arroz que siempre tengo en la nevera. Podía consumir también uno de los huevos que no había tomado esta semana, aunque tuviera que postergar una vez más (y ya van meses) la tortilla de papas soñada.

Lo primero que decidí  fue el revuelto de berros que me encanta. Ese amargor picantito y el crujiente de los tallos  me seduce pero más aún, pensé, si podía suavizarlo con un toque de dulzor. Entonces entraron en juego las fresas y me acordé de una salsa que hice alguna vez para acompañar: entre dulce y ácido, podía ser un atrevimiento pero podía quedar muy bien. En mi mente no se daban de patadas. El blanco del arroz, pensaba a la vez que lavaba y cortaba las fresas, ofrece el marco donde bien pueden lucir y además ofrece un campo neutral donde tanto sabor se mezcle y abrace. Y dicho y hecho.

El resultado es atrevido, muuuuuy sensual, atractivo a las vistas infantiloides como la mía, de sabores y productos muy cotidianos… ¿qué más?

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Ah, sí, la forma de hacerlo.

Un arroz blanco sin más. Yo sigo practicando la fórmula de Guru Masala, aunque a veces se me olvida lo de los 7 minutos, o le pongo las dos medidas de agua que ya sé que para este arroz que uso y con esa técnica, es demasiado.

El revuelto de berros, pues sin más secretos que ponerle también los tallos aunque amargan un poquitín, pero es el punto que me gusta: oliva, 1 ajito muy picado, buen manojo de berros, salpimienta y huevo.

Para la salsa de fresas parto cada una en cuatro,  y  las hago a fuego bajito con aceite de oliva y azúcar morena, cuando se deshace  el azúcar y empiece a tomar cuerpo ese caramelito, añado el jugo de una mandarina, sal, pimienta blanca y un chorrito de vinagre de modena. La salsa va a espesar y se evaporará el alcohol. Sin dejar que se deshagan las fresas, aparto y guardo para cuando necesite. En la nevera se aguanta unos días, no podría decir cuantos exactamente, porque en esta casa no ha pasado de tres. Luego ya queda la opción de apartar los trozos de fruta o cogerlos también con el jugo, dependiendo para qué.

Y el montaje ya según se prefiera. Este pequeñito me lo comí yo, el arroz es el que cabe en una pozuelo de café. Otros los serví con el arroz y las fresas encima , aparte de una buena cantidad de revuelto, que hay gente que trabaja para merecérselo.

Y para tí, que eres a veces esa mezcla dulce, amarga, picante y ácida…    como la alpispa.

http://www.youtube.com/watch?v=S7FxAQvTi_o