Hotel Florida (Carne a las 3 latas)

dscf4416Me parecieron ya muy singulares las condiciones de nuestro alojamiento; habitaciones las tendríamos en el único hotel que había en la isla, pero a la hora de comer, el condumio se serviría en otro sitio. Igualmente, si no traíamos doncella, podíamos elegirla entre unas cuantas mozas ya dispuestas para la ocasión.
– ¿Por qué hemos de elegir? -pregunté-. ¿No se encarga el hotel de esa tarea?
Pues no, el hotel o se encarga de nada.
Estaba muy cansada para indagar o discutir; dejé entonces la elección a ellas mismas y nos apresuramos a tomar el desvencijado automóvil que aguardaba fuera, y mal que bien iba a llevarnos al Hotel Florida… No olvidaré nunca ese nombre.
Quedaba nuestro albergue en las afueras de la población, y parra llegar a él había que dar una vuelta a la ensenada, por un camino descolgado sobre las puntas de los arrecifes… Batía el oleaje este camino y lo inundaba a tramos; en otros, el talud se cortaba en vertical que no dejaba espacio para su asiento, y sólo era posible continuar a través de la roca perforada o de algún ramal hecho con bloques de la misma sierra despeñados al agua… De cualquier forma, el transeunte percibía el suelo casi resquebrajándose a sus plantas. (…)
Aún flotaba en el sueño, cuando el coche enfiló una cancela abierta que daba a un gran jardín abandonado, y siguiendo la senda principal se detuvo a las puertas de una mansión medio oculta por los arbustos y las trepadoras.
Ese era nuestro hotel, y, no sin cierta extrañeza de los dos, fue el chófer quien, a más de hacerse cargo del equipaje, abrió el portón con unas llaves que traía encima.
En el vestíbulo no había nadie. Ni empleados, ni huéspedes, ni dueño. Sólo vimos los muebles, de formas ya en desuso, y tapizados de un terciopelo que en su tiempo debió ser carmesí. Las cortinas, apenas corridas, dejaban pasar muy poca luz, pero al cruzarlo de uno al otro extremo tuve la desagradable sensación de estar pisando sobre polvo.
Al fondo estaba la escalera, que crujió un poco a nuestro paso, y desembocaba a un corredor que servía de acceso a los dormitorios; de nuevo fue el chófer quien franqueó la entrada de uno de ellos.
-Esta es vuestra alcoba, y éstas son vuestras llaves. Hay que cuidase de cerrar también la puerta principal… Un momento, señora, a ver si están las cerillas junto a la palmatoria…
Estaban las cerillas, y el buen paisano se marchó sin más explicaciones.
Quedamos solos Pablo y yo en medio del aposento, mirándonos perplejos… ¿Adónde nos habían conducido? ¿Qué clase de hotel era aquel semirruinoso caserón donde tendríamos que pasar por lo menos una semana?
Una semana, sí, porque no había más que un solo barco para la travesía entre La Palma y sus hermanas islas, y el barquito de marras no recalaba ya hasta el siguiente lunes.
En este instante, lo confieso, sentí deseos de volverme al barco. Por la ventana lo seguía viendo allá lejos, todavía en el muelle, posado sobre las aguas como una gaviota.
Callé el deseo, sin embargo, y la desazón que me andaba por dentro. Pablo, que no iba a ser menos que su consorte, se volvió sin decir palabra y empezó a abrir las valijas.
(…)
Las horas transcurrían con enervante lentitud. Como habíamos abierto tantas puertas, el mediodía de septiembre llenaba de un sol pulposo, casi frutal, aquellas estancias vacías de otra cosa. Y no dejaba de afectarnos extrañamente, morbosamente, la abundancia de luz donde no había vida, ruido ni movimiento.
Hasta la luz se estanca en este sitio, había yo pensando recorriendo una vez más la mansión hechizada; se estanca y se corrompe, proseguía casi en un soliloquio, a punto de ceder al femenino impulso de hacerme de una escoba y sacudir el sol, el polvo, el silencio…
Allí, frente al jardín, estaba el comedor, única pieza cuyos batienes exteriores no nos fuera posible separar. Una vieja penumbra se mantenía en su recinto, rasgada aquí y allá por los dardos solares que dejaban pasar cristales rotos.
A través de ellos habían entrado también algunas ramas de las enredaderas vecinas, que, al hallarse dentro, sin modo de volver al aire vivo, perdían hojas y verdura, se convertían en raíces ciegas, agarradas torpemente a la pared, al piano, creyendo que vivían bajo tierra.
Junto a la entrada principal, como una muda invitación a pasar delante, estaba el último menú dando cuenta a los huéspedes de los platos del día:
Puré Saint Germain.
Vol au Vent de caviar.
Caneton à l’orange.
Haricot vert.
Salad Choffonade.
Charlotte Ruse.
Demi tasse.

(Un verano en Tenerife. Dulce María Loynaz. Cap: Hotel Florida)

Eran otros tiempos. El puerto de la isla fue en otros siglos de los más importantes de Europa y último para las Américas. Y a pesar de ser arrasada por el fuego en varias ocasiones, el carácter crítico y el amor por la cultura se mantuvo tiempo y tiempo. Así no es de extrañar un menú de ese tipo, aunque realmente lo que yo traiga hoy no tenga nada que ver con él.
Es una receta que desde que era pequeña vi hacer en cocinas palmeras. La variante entre tres y cinco latas siempre fue para mí un dilema, que finalmente decidí a mi antojo.
Desconozco su procedencia. Sé que en algún libro viejo editado por la cultura popular canaria, aparecía esta receta. Y hace algún año encontré alguien que la comentaba del otro lado del charco.dscf4407
INGREDIENTES PARA LA CARNE A LAS TRES LATAS (Yo elimino dos de las cinco originales)
Carne de cerdo (yo prefiero carne de vaca que con una cocción adecuada queda tierna también y tiene menos grasa, jejeje, ataja la broma de que me van los lácteos y relacionados más que una piruleta a un niño)
1 Lata de tomate frito
1 Lata (la medida) de leche
1 Lata (la medida) de vino
Evito la lata de aceite y la lata de agua que completaría la receta.
Manojito de aromáticas, yo prefiero el laurel y el tomillo, aunque el orégano no queda mal.
Sal y pimienta para envolver la carne con las manos.
Lo normal sería sellar la carne en un fondo de aceite y luego añadirle las hierbas y los líquidos, y cocinar. Finalmente hacer la carne en filetes o trozos, espesar aparte la salsa por reducción, añadiéndole un puñito de almendras fritas o tostadas y machacadas o con algún espesante al gusto. Incorporar la carne de nuevo, calentar y servir.

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16 thoughts on “Hotel Florida (Carne a las 3 latas)

  1. Calohe

    Hola de nuevo Adormidera!
    Me encanta la receta por lo original. Me la apunto.
    Cuando cambie el chip (actualmente sólo estudio y sobrevivo) la hago corriendito…
    Besazos cielo.

  2. Adormidera

    Buenos días, niña. Ya somos dos las que sólo sobrevivimos. jajajajajajaj. No recuerdo cuánto hace que hice yo esa carne. Subo cosas que tenía pendientes años ha para zafarme un poco del humo gris que se come estos días mi tiempo. No me quejo, eh??? Que es plenamente voluntario y aceptado.
    Un beso y un abrazo
    … ya me contarás qué tanto estudias.

  3. salvia

    Hola Adormidera!!!! Me encanta tu nueva casa, ya me extrañaba a mi que no publicabas nada desde hacía ya tiempo……. me ha encantado el estracto de ese libro y la receta. Besotes!!!!

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